Featured Posts

El sueño conseguido

May 7, 2017

1/1
Please reload

Recent Posts
Please reload

Search By Tags
Please reload

Follow Us
  • Facebook Classic
  • Twitter Classic
  • Google Classic

El novel 2015 para una periodista

December 8, 2015

 

 

Siempre que pongo mis pies en la Academia Sueca me invade esa sensación mágica que siente todo escritor, imagino que muy parecida a la que sienten cineastas y actores cuando pisan Hollywood.

 

Puedo decir con propiedad que me siento un hombre afortunado, seis mil millones de personas en el mundo y de ellas solo 500 los elegidos para estar en la sala la gran noche.  Y yo uno de ellos, acompañado además por uno de mis mejores amigos, el profesor Marcelo García.

 

Tanto para Marcelo como para mí, esta es una ocasión especial, porque hoy se hablará ruso en la sala, y se hablará de la vida en la Unión Soviética, algo que conocemos ambos muy bien, pues pasamos allí, quizás los cinco mejores años de nuestra juventud. Y es que la galardonada esta vez es una bielorusa de madre, ucraniana y alma rusa como se define a sí misma cuando termina su discurso.

 

La lujosa sala de la bolsa tan mundialmente conocida por ser cada año el escenario donde se revela y se recibe al premio Nobel de literatura, está en absoluto silencio. El riguroso negro en los elegantísimos atuendos del noventa por ciento de los invitados, contrasta con sus pelos rubios y el oro de unas lámparas cuyos diamantes no paran de destellar.

 

 

 

De pronto todos se ponen de pie y reciben con un aplauso a la laureada. Tres cámaras de televisión se encargan de enviar en directo a millones de personas alrededor del mundo este momento tan solemne. Y así la representante de la Academia Sueca presenta a la escritora.

 

Svetlana Aleksándrovna Aleksiévich, ha ganado a sus 67 años el premio Nobel de Literatura 2015 y hace historia. Es la primera vez que este premio recae en un periodista. Y es que estos incansables profesionales también son escritores y muy buenos, pues redactan de manera increíble, casi sin tiempo para pensar. Pero su obra muchas veces va aun trozo de papel que luego desaparece en los containers de la basura. Salvo en algunas hemerotecas del mundo, muy pocos artículos de periódicos y revistas se guardan, y es una lástima, pues a veces son verdaderas obras de arte.

 

Lo sabe bien Svetlana que dedicó gran parte de su vida a escuchar a las personas y a escribir sus historias, por eso empieza su discurso con estas palabras:

 

"Yo no estoy sola en este atril, a mi alrededor hay voces, cientos de voces que siempre me acompañan"

Svetlana nació el 31 de mayo de 1948 en un pueblito  llamado Stanislav, en la Ucrania de la entonces Unión Soviética. Hacia solo 3 años que la guerra había terminado y la escritora nos cuenta emocionada que vivió una infancia donde prácticamente solo había mujeres. Todos los hombres habían muerto en la terrible Segunda Guerra Mundial, pero las mujeres, continua Svetlana, no hablaban de muerte, sino de amor. Recordaban como fueron las últimas despedidas con sus hombres, como los esperaron y como aun los esperaban.

 

Los años habrían pasado, pero ellas los esperaban, aunque volvieran sin piernas y sin brazos, ellas los cargarían en los suyos. Era como si desde niña hubiera aprendido qué es el amor, nos cuenta Svetlana emocionada, que interrumpe su discurso para beber un sorbo de té y nos dice: -Perdonadme, pero estoy muy nerviosa.

 

La mayoría de los suecos siguen el discurso en un folleto traducido que les han dado, pero Marcelo y yo nos sentimos afortunados de que el idioma ruso aun sea para nosotros casi como nuestra lengua natal. No necesitamos traducción, ni de textos, ni de sentimientos, porque vivimos allí.

 

Las palabras de Svetlana me hicieron recordar mi visita a un museo de la Segunda Guerra Mundial en Minsk. Allí, entre las ruinas de las casas quemadas, de las que sólo se conservan las chimeneas, nos contaron como los nazis mataron a todos sus habitantes, primero a los niños y las mujeres delante de sus maridos para hacerlos sufrir y luego a ellos. Un relato que jamás se borró de mi mente y que recojo en las páginas de mi libro El sueño amarillo. Los relatos de Svetlana me lo han hecho recordar y mientras ella nos cuenta algunas historias de entonces, la carne se nos ha puesto de gallina.

 

Los suecos sentados a mi lado se preguntan por qué no leemos la traducción y cómo podemos saber ruso, pero sobre todo se preguntan por qué siento tanta empatía. Me temo que nunca podrán entender por qué Marcelo y yo estábamos tan felices de estar allí.

 

 

 

A pesar de las voces críticas de Svetlana con su pasado, es una mujer que muestra una mezcla impresionante de amor hacia él. Con nostalgia nos dice que aunque hace veinte años nos separamos del imperio rojo con lágrimas y decepción, hoy podemos ver hacia atrás como si de una experiencia histórica se tratase. Y que las voces del socialismo aún no se han acallado, sino que ha surgido una nueva generación que lee a Marx y a Lenin. Y en las ciudades rusas se abren museos de Stalin y se levantan monumentos en su honor.

Más que un discurso crítico como muchos se esperaban, Svetlana nos dice emocionada que su padre, que murió hace poco, fue hasta sus últimos días un comunista convencido, que conservaba su carnet del partido como una reliquia.  -Yo nunca puedo usar la palabra soviético en mi boca, continua Svetlana, pues estaría entonces hablando de mi padre, de mis amigos y de personas que conozco.

 

Pero al mismo tiempo la periodista fue muy crítica con los errores del pasado, como la ocupación soviética de Afganistán o la tragedia de Chernobyl.

 

 

Los textos de Svetlana no gustaban en la era soviética, era una periodista incomoda que ponía el dedo en la llaga. Sólo cuando llegó la Perestroika de Mijail Gorbachov, sus libros vieron la luz. ¿Quién iba a imaginar que un día estarían sobre la mesa de la Academia Sueca arropados por el Premio Nobel de Literatura?

 

 

Casi con lágrimas en los ojos cuenta la historia de una de sus visitas a un hospital en Afganistán para repartir juguetes a los niños. Uno de ellos toma el juguete que ella le da con los dientes, y ella le pregunta a la madre ¿por qué hace eso? Entonces la madre destapa un niño sin brazos y le dice alzando los brazos hacia el techo en el poco ruso que ya había aprendido: "Fueron tus rusos los que bombardearon" Svetlana concluye que antes de ir a Afganistán creyó en un socialismo con rostro humano pero al volver había perdido las ilusiones. Cuando enfrentó a su padre y le contó lo que había visto, este se echó a llorar.

 

 

Podría estar casi todo el tiempo que duró el discurso, traduciéndolo, porque lo recuerdo completito. Pero prefiero quedarme con el final tan hermoso que me hizo estremecer. Svetlana terminaba su discurso así:

 

"Tengo tres casas, mi país Bielorrusia, donde nació mi padre y donde he vivido toda mi vida. Ucrania, el país de mi madre y el que me vio nacer. Y la gran cultura rusa, sin la cual no puedo imaginar la vida. Son mis tres amores, pero en el mundo en que vivimos, ya es difícil hablar de amor.

 ¿Te ha gustado mi blog?

Visita su archivo en http://www.reymartin.n.nu/

 

 

Please reload

  • Facebook Social Icon
  • Twitter Social Icon

Jorge Martin González Reymond © 2018. Todos los derechos reservados /  www.jorge-gonzalez.se